domingo, 15 de enero de 2012

El final de una historia que aún está por escribir.

La impenetrable oscuridad apenas permitía vislumbrar la silueta de los castaños. Las hojas y las ramas, entrelazadas como animales salvajes, protegiéndose de un cazador astuto, se movían en todas direcciones, empujadas por el viento suave, del desierto marroquí, raspando y dejando ardientes las cortezas. En algún lugar de la noche, la yesca se encendió y una columna de humo se irguió hacia el cielo, arañando con sus cenizas chamuscadas y avisando de una nueva tormenta de fuego y luz.

La ventana irradiaba un calor insoportable y la fosforescencia de la llamas impedía ver con claridad. Por fuera, la casita blanca se había tornasolado en matices negros, marrones y otras gamas de colores que presagiaban un final lento y desagradable. Por dentro, el marco del gran ventanal se inflaba con una textura líquida y estallaba en pequeñas pompitas: ¡pop!, ¡pop!, ¡pop!

Desde su mecedora, nívea y ajada, observaba los contrastes que el incendio provocaba a su alrededor, mientras fumaba, incasable, su pipa, su tabaco amargo y negro, cuyo humo se confundía con el que salía de las paredes, de los muebles y cachivaches, de las ventanas y del jardín.

El tiempo, las cosas, la vida, todo se consumía en un infierno anaranjado, cegando, quemando los poros de la piel, la suela de los zapatos, el estuche de unas gafas anticuadas. Daba igual, se le habían agotado los motivos y las convicciones, así que, ¿qué menos que dejarse morir tal como se había dado vida a su ser, por una naturaleza desatada, salvaje e irrefrenable, asolado por un poder superior a él y a sus circunstancias?

En realidad, hacía tiempo que el fuego ya había apagado la llama de su existencia.

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