domingo, 21 de agosto de 2011

Mi rincón.

Una vez más, la lluvia es la banda sonora de mi vida. Mientras me siento ante la pantalla del ordenador, la tormenta descarga sus heladas armas contra mi ventana, haciendo que la buhardilla resuene con el repiqueteo fuerte y cálido de las gotas. Un rayo ilumina intermitentemente el resto del cuarto y el consiguiente trueno hace que tiemblen los bolígrafos en el bote de lata negro.

La sala pertenece a la parte norte del edificio y el sol nunca llega a iluminar su fachada de frente, pero no es fría y las paredes están pintadas de naranja rojizo. La luz es transformada mediante un paño amarillo colocado con Velcro en los bordes, creando una atmósfera caliente y embriagante. La composición se cierra con una gran alfombra marroquí, naranja y roj,a que se extiende por toda la habitación.

Aunque es amplia, se ha convertido en mi pequeño refugio desde que abandoné los juegos de la calle y empecé a sumergirme en el mundo casero del arte y la literatura. Toda la pared izquierda está cubierta por una estantería de madera oscura, cuyos estantes están repletos de libros, libretas, carpetas de dibujo y una cadena de música. El techo llega al suelo hundiéndose por el lado derecho y está pintado de blanco. Al fondo, una vieja cama reposa sobre el parquet, cubierta por mis adorados peluches que he ido juntando durante mi existencia. A su lado, las guitarras enfundadas esperan ser abiertas y sus cuerdas rasgadas. En frente, la pared está parcialmente construída con vidrio, de manera que entra una luz suave al atardecer, que penetra por las ventanas de la escalera que hay al otro lado de la habitación, atravesando la barrera de varios dibujos, carteles y fotografías colgadas. Delante de ella, un viejo y anticuado escritorio sujeta el peso de pinceles y lápices, sobres sin sello, una pesada lámpara y mi propio portátil, al lado de una cajetilla de tabaco. Pegado a la estantería, un piano electrónico se enfrenta a la mirada inquisitiva y delirante de Dalí, que observa con estupor el resto del habitáculo.

Como siempre, un acorde desorden reina en él, trayéndome de vez en cuando de mi órbita al mundo mortal en el que los suelos se aspiran, las ventanas se limpian y el polvo desaparece.

Aunque yo, personalmente, prefiero mi refugio desordenado, empolvado y con olor a grafito, tabaco y lacre.

domingo, 14 de agosto de 2011

Estoy expectante.

Lluvia en Agosto. Un sobre blanco: Veri.
La tinta negra y el lacre azul.
¿Cuánto de esto es amor, cuánto es deseo?


Tengo el sabor de la sangre en la boca, me he vuelto a morder la lengua y mis labios están sucios y oxidados como un micrófono. Me sé la canción de corrida.


Unas gotas de sudor recorren mi espalda, el bochorno es insoportable, pero tú has vuelto a hacer que mirando la caseta vacía de mi perro una lágrima se quede colgando entre mis pestañas.


Crisis absoluta:
Económica
Política
Social
Emocional
Formativa
Familiar
Personal
Sentimental
Anímica
Corporal
Creativa

Plural



De qué sirve, dime, de qué sirve que yo te haga preguntas si no escucho tus respuestas. Para que quiero quedar contigo si sólo, solo, me vas a dar un beso en la mejilla y decirme nena.


He vuelto a explotar, pero no tengo fuerzas ni ganas para escribirte todas aquellas cosas, verdades o mentiras (que también había), decirte cosas feas, para luego consolarte y darte un beso que sale más caro que cuando te los regalo. Es injusto para ti, para mí y para el inexistente pero permanentemente inquieto en mi memoria, que el pobre sufre. Sufre él, el friki y mi madre. Pobre, mi madre, tan sumamente satisfecha y tan consumadamente infeliz.


La ventana está cerrada pero no oculta. Te pueden ver a través de ella, pero no pueden comunicarse contigo. Parecen monicreques al otro lado del cristal, moviéndose de un lado para otro, agitando los brazos como un espantapájaros, payasos que intentan llamar tu atención con ridículos trucos. No te ríes, hace tiempo que los miras y no ves.





Te veo, pero, ¿tú me miras?

sábado, 6 de agosto de 2011

Como la vida misma.


La ventana está cerrada. Al otro lado, gotas de lluvia golpean incesantes en el cristal. Ella mira por la ventana con desinterés, no esperaba algún cambio en el clima. Se despereza y observa su habitación amarilla y rosa con expresión de desagrado y vuelve a apoyar la cabeza en la almohada.
- Y el maravilloso mes de Agosto... Que ano!
Un cuadro de conversación se abre en el Tuenti, pero lo ignora y baja la tapa del portátil con aburrimiento.
- No me interesan tus mentiras, querida.
Finalmente, se levanta de la cama y camina hacia el espejo donde se mira y se saca la lengua antes de acercarse al armario y sacar un libro. Lo mira, lo abre, le da vueltas y lo vuelve a cerrar. No tiene ganas de ponerse a leer. Se da la vuelta y echa otra ojeada al cuarto. De repente, oye gritos de niños aproximándose a su ala de la casa y se tira a la cama, haciéndose la dormida. La puerta se abre violentamente y entran los dos hermanos. La mayor, una niña de 8 años alta y fuerte, ríe ruidosamente mientras empuja a su hermano menor hacia la cama donde se encuentra su prima. El pequeño, un zagal moreno de ojos negros, cresta y coletilla con 5 años, mira a su hermana dubitativamente y después da un salto tirándose al estómago de su prima. Ella se dobla por el peso, pero mantiene los ojos cerrados en un intento por ignorar su presencia e intentar su huída.
- ¡Venga prima, que nos vamos!- inquiere el granujilla- Te vas a perder la película.
A modo de respuesta, ella se gira dándole la espalda y emite un gemido casi inaudible. Por detrás de los niños aparece una mujer morena, bajita y delgada pero de una gran belleza. Es la abuela de los tres y parece de mal humor.
- ¿Qué son esos gritos? El abuelo está durmiendo. ¡Fuera de aquí todo el mundo, dejad a los mayores descansar!- Su cara se crispa y los enormes dientes blancos se manchan de carmín.
Los pequeños se miran y se encogen de hombros mientras salen de la habitación entre carreras. Ella nota que su abuela la mira, pero simula seguir durmiendo y nota como le cierra la puerta y se aleja. Abre los ojos y se vuelve hacia la puerta, triste. Está a punto de llamar a sus primos, pero sacude la cabeza y se acerca a la ventana. Ha dejado de llover por un instante.
Y sin dudarlo, cogió el móvil de la mesilla y una cámara de fotos digital, una Canon Reflex EOS 450D. Sale corriendo de la habitación, coge unas botas de montaña y sale por el porche de la cocina hacia el jardín, dejando el alboroto familiar atrás. Cruza la pradera de la piscina corriendo hasta que baja las escaleras al segundo nivel y allí relaja el ritmo. Baja al siguiente atravesando la barrera vegetal de limoneros, mimbres, membrillos y otros árboles, hasta llegar junto a la valla verde que delimita la finca. Se quita la cámara que lleva colgando del cuello y la apoya al otro lado. Apoya una mano sobre uno de los postes y salta. Justo en ese momento, aparece corriendo uno de los perros salchicha, Chula, pero no puede pasar. A ese lado de la valla, solo queda metro y medio de robles, avellanos y sauces hasta un salto de 2 o 3 metros a una vía para automóviles. Recorre el sendero apartando ramas y telas de araña mientras la perra le sigue por el otro lado hasta llegar al límite de la finca. Está marcado por un riachuelo que discurre por el lado izquierdo de la casa, separando la propiedad de la vecina y antigua propietaria de la misma. Cuando llega a este punto se desliza hasta el borde del agua y salta al otro lado. Trepa para llegar a la superficie y, una vez allí, busca del lado de la carretera unas piedras salientes que le sirven de escalera. Cuando da el último salto y pone los dos pies en la calzada, se siente libre.