La ventana está cerrada. Al otro lado, gotas de lluvia golpean incesantes en el cristal. Ella mira por la ventana con desinterés, no esperaba algún cambio en el clima. Se despereza y observa su habitación amarilla y rosa con expresión de desagrado y vuelve a apoyar la cabeza en la almohada.
- Y el maravilloso mes de Agosto... Que ano!
Un cuadro de conversación se abre en el Tuenti, pero lo ignora y baja la tapa del portátil con aburrimiento.
- No me interesan tus mentiras, querida.
Finalmente, se levanta de la cama y camina hacia el espejo donde se mira y se saca la lengua antes de acercarse al armario y sacar un libro. Lo mira, lo abre, le da vueltas y lo vuelve a cerrar. No tiene ganas de ponerse a leer. Se da la vuelta y echa otra ojeada al cuarto. De repente, oye gritos de niños aproximándose a su ala de la casa y se tira a la cama, haciéndose la dormida. La puerta se abre violentamente y entran los dos hermanos. La mayor, una niña de 8 años alta y fuerte, ríe ruidosamente mientras empuja a su hermano menor hacia la cama donde se encuentra su prima. El pequeño, un zagal moreno de ojos negros, cresta y coletilla con 5 años, mira a su hermana dubitativamente y después da un salto tirándose al estómago de su prima. Ella se dobla por el peso, pero mantiene los ojos cerrados en un intento por ignorar su presencia e intentar su huída.
- ¡Venga prima, que nos vamos!- inquiere el granujilla- Te vas a perder la película.
A modo de respuesta, ella se gira dándole la espalda y emite un gemido casi inaudible. Por detrás de los niños aparece una mujer morena, bajita y delgada pero de una gran belleza. Es la abuela de los tres y parece de mal humor.
- ¿Qué son esos gritos? El abuelo está durmiendo. ¡Fuera de aquí todo el mundo, dejad a los mayores descansar!- Su cara se crispa y los enormes dientes blancos se manchan de carmín.
Los pequeños se miran y se encogen de hombros mientras salen de la habitación entre carreras. Ella nota que su abuela la mira, pero simula seguir durmiendo y nota como le cierra la puerta y se aleja. Abre los ojos y se vuelve hacia la puerta, triste. Está a punto de llamar a sus primos, pero sacude la cabeza y se acerca a la ventana. Ha dejado de llover por un instante.
Y sin dudarlo, cogió el móvil de la mesilla y una cámara de fotos digital, una Canon Reflex EOS 450D. Sale corriendo de la habitación, coge unas botas de montaña y sale por el porche de la cocina hacia el jardín, dejando el alboroto familiar atrás. Cruza la pradera de la piscina corriendo hasta que baja las escaleras al segundo nivel y allí relaja el ritmo. Baja al siguiente atravesando la barrera vegetal de limoneros, mimbres, membrillos y otros árboles, hasta llegar junto a la valla verde que delimita la finca. Se quita la cámara que lleva colgando del cuello y la apoya al otro lado. Apoya una mano sobre uno de los postes y salta. Justo en ese momento, aparece corriendo uno de los perros salchicha, Chula, pero no puede pasar. A ese lado de la valla, solo queda metro y medio de robles, avellanos y sauces hasta un salto de 2 o 3 metros a una vía para automóviles. Recorre el sendero apartando ramas y telas de araña mientras la perra le sigue por el otro lado hasta llegar al límite de la finca. Está marcado por un riachuelo que discurre por el lado izquierdo de la casa, separando la propiedad de la vecina y antigua propietaria de la misma. Cuando llega a este punto se desliza hasta el borde del agua y salta al otro lado. Trepa para llegar a la superficie y, una vez allí, busca del lado de la carretera unas piedras salientes que le sirven de escalera. Cuando da el último salto y pone los dos pies en la calzada, se siente libre.
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