Una vez más, la lluvia es la banda sonora de mi vida. Mientras me siento ante la pantalla del ordenador, la tormenta descarga sus heladas armas contra mi ventana, haciendo que la buhardilla resuene con el repiqueteo fuerte y cálido de las gotas. Un rayo ilumina intermitentemente el resto del cuarto y el consiguiente trueno hace que tiemblen los bolígrafos en el bote de lata negro.
La sala pertenece a la parte norte del edificio y el sol nunca llega a iluminar su fachada de frente, pero no es fría y las paredes están pintadas de naranja rojizo. La luz es transformada mediante un paño amarillo colocado con Velcro en los bordes, creando una atmósfera caliente y embriagante. La composición se cierra con una gran alfombra marroquí, naranja y roj,a que se extiende por toda la habitación.
Aunque es amplia, se ha convertido en mi pequeño refugio desde que abandoné los juegos de la calle y empecé a sumergirme en el mundo casero del arte y la literatura. Toda la pared izquierda está cubierta por una estantería de madera oscura, cuyos estantes están repletos de libros, libretas, carpetas de dibujo y una cadena de música. El techo llega al suelo hundiéndose por el lado derecho y está pintado de blanco. Al fondo, una vieja cama reposa sobre el parquet, cubierta por mis adorados peluches que he ido juntando durante mi existencia. A su lado, las guitarras enfundadas esperan ser abiertas y sus cuerdas rasgadas. En frente, la pared está parcialmente construída con vidrio, de manera que entra una luz suave al atardecer, que penetra por las ventanas de la escalera que hay al otro lado de la habitación, atravesando la barrera de varios dibujos, carteles y fotografías colgadas. Delante de ella, un viejo y anticuado escritorio sujeta el peso de pinceles y lápices, sobres sin sello, una pesada lámpara y mi propio portátil, al lado de una cajetilla de tabaco. Pegado a la estantería, un piano electrónico se enfrenta a la mirada inquisitiva y delirante de Dalí, que observa con estupor el resto del habitáculo.
Como siempre, un acorde desorden reina en él, trayéndome de vez en cuando de mi órbita al mundo mortal en el que los suelos se aspiran, las ventanas se limpian y el polvo desaparece.
Aunque yo, personalmente, prefiero mi refugio desordenado, empolvado y con olor a grafito, tabaco y lacre.
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ResponderEliminarQue te digo to que mi ordenador me trolea y no me deja comentarte.
ResponderEliminarLa reputa! Me ha dejado!!
ResponderEliminarYo ya no entiendo nada...