"Hallelujah, hallelujah..."
Nos trae a la Tierra el redoble de las campanas de la iglesia, marcando el final de la canción y, tras una mirada de sorna, estallamos en carcajadas.
Momentos como este ¿cuántos? Miles. Pero, ¿quién no? Todos. Sin embargo, te hacen sentir especial, como que tienes "química" con esa persona y el Karma se encarga de uniros.
No paro de pensar en la carta. ¿Qué pondrá en ella que no pueda leer ahora? Temo cosas terribles, una despedida, una confesión, un beso mojado de lágrimas. Porque estoy segura de que vas a conseguir sorprenderme, porque cuando te lo pido, lo haces. Aunque esta vez no te lo haya pedido.
Érase una vez, un sombrero, uno cualquiera. Para fabricarlo, se utilizó algodón de la India y 3 o 4 esclavos chinos, aparte del nylon americano para la cinta. Además se emplearon 4 maquinas de prensado y cosido para realizarlo. Después, en un gran buque, lo llevaron junto a miles de sombreros como él, atravesando el Océano Índico, pasado Cabo Esperanza, recorrido la costa atlántica de África, para desembarcar en el transitado y lúgubre puerto de la ciudad gallega de Vigo. Allí, los trasladaron en enormes tráilers a través de la Meseta Norte hasta la capital de España, Madrid. Después de un tiempo en un almacén logístico de Azkar, lo llevaron a una céntrica calle de la ciudad, y lo pusieron en la blanca cabeza de un afeminado maniquí masculino, en escaparate, sobre el cual rezaba el cartel Zara.
Encima de aquella vacía y fría cabeza, no fue muy feliz el sombrero. Lo tuvieron allí delante, toda la temporada de otoño, cambiando a sus compañeros las bufandas y las chaquetas (con las demás prendas no se llevaba bien, eran algo tiquismiquis). Hasta que se terminó aquella moda y el pobre sombrero fue relegado al fondo de la tienda, a uno de esos cajones que hay mezclado un poco de todo.
Sin embargo, un día una inesperada e ilegal acción le salvó de una vida condenada al fondo de un cajón o, aún peor, a la cabeza de algún estúpido que compre sombreros en Zara porque se pusieron de moda. Una lluviosa tarde de Abril, un rapaz flaco de 12 o 13 años entró con un anciano en la sección de caballeros. Revolotearon alrrededor de las prendas y, mientras el chiquillo era pillado en la salida con una corbata rosada al cuello, el abuelo se escabulló con su tesoro en la ruinosa gabardina. Doblando la esquina, esperó al fresco mientras le quitaba la etiqueta al sombrero.
Tras tan asombrosa subida de adrenalina, nuestro protagonista fue llevado a un almacén familiar, donde decepcionadamente se vio olvidado una vez más. Pero, tal fue su suerte, que meses después, en la calorina del mes de Julio, lo posaron cada domingo en la esquina de un puesto del Rastro. Contento de su nuevo lugar, se divertía viendo a pasar gente, siendo probado por las más estrafalarias y normales personas, hasta que él llegó. Su dueño.
- ¡Hey! ¡Mira! ¡Sombreros! Tiene que estar ahí, El Sombrero.
- ¡Sí! Veamos. ¿Que te parece éste?
- Ufff... Horrible. ¿Y éste de rayas?
- Hmm... Tiene rayas.
- Ya.
- No, no me gusta. ¿El negro ese, qué me dices?
- Que pareces un gangster. Ja, ja, ja.
- Bueeeeeno. Pues a ver que pegas le pones a ése de la esquina.
- Me gusta. Pruébatelo.
-...
-...
- Es definitivo.
- Lo es. Llévatelo.
Y ese fue el comienzo de su vida, la de verdad. Aventuras de todo tipo, peligros, sexo, drogas, accidentes, felicidad... Todo.
Y no venía solo ¿verdad? Cuida de tu sombrero, él te lo agradecerá y tú también.
Es un buen sombrero.
ResponderEliminarY ahora me doy cuenta de que el ha sido como ese testigo que todo lo ha visto, que todo lo sabe. Pero no hablará, pues lo que sabe queda entre sus costuras y mi cabeza.
Momentos, si claro, hay cantidad, pero lo importante es lo que se siente al vivirlos, lo que significan luego. Que perduren y sean un buen recuerdo. Y ese lo ha sido.
No temas por la carta, solo espérala con paciencia, que en sus entrañas no hay oscuros monstruos.
No tengo miedo a los monstruos, pero yo no soy Pedro Chosco.
ResponderEliminarNo temas, los monstruos solo me atacan a mi. Tengo esa habilidad.
ResponderEliminar