Estabas en una habitación de hospital blanca, muy luminosa. Una sola cama en la pared izquierda desde la puerta. Sobra mucho espacio en la habitación. Las máquinas que hay a tu alrededor no hacen ruido. En la pared del fondo y a la derecha hay una ventana grande y muy alta. El techo de la habitación es increíblemente alto. Debajo de ella, hay una palangana blanca, con una jarra blanca y agua fresca. Al otro lado del cristal se ve un jardín paradisiaco con árboles verde claro que se mecen con suavidad por el viento. Se escuchan cantar aves extrañas.
Estoy sentada a tu lado, hacia la puerta, que también es blanca. Te miro y me siento a mí misma mirándote. Tienes una expresión dulce, tranquila. No parece que sufras. Tienes tubos en los brazos y las sábanas son tan blancas que con el reflejo del sol me ciegan.
Levanto la mano y te hago una caricia en la cara. De repente, el tiempo empieza a pasar muy rápido. Gente entra y sale de la habitación, se suceden los días, todo se vuelve borroso, excepto mi mano apenas rozando con lentitud tu rostro, tan calmado. Estoy sonriendo, mi sonrisa es triste, no se me ve el hoyuelo de la mejilla izquierda.
Retiro la mano, y tú sigues durmiendo. Tú pecho no se mueve, ni oigo tu respiración.
Nada se oye ya.