Encontré al pequeño en el río. El humo era iluminado por la luz de las farolas que entraba intermitentemente por los extremos del puente. Las botellas vacías, tiradas a su alrededor, emitían destellos amarillos y verdes. Él estaba sentado, con la espalda apoyada en la pared y los vidriosos ojos entrecerrados, observando con mirada ausente la pared de la margen contraria. Una brisa helada revolvió su pelo sucio y enredado y miró hacia mi escondrijo.
El segundo de los hermanos siempre prefirió el ambiente bohemio y decadente de las buhardillas. Estaban los dos tirados en una alfombra árabe, roja y peluda, como casi todo en aquella habitación. El rostro del menor lucía ahora una espantosa y llamativa herida que lo recorría desde la ceja izquierda hasta la comisura del labio. Desde mi azotea, miré la hora en mi reloj, moderno y con agujas fluorescentes. 3… 2… 1… El estallido resonó en toda la manzana y las palomas del parque echaron a volar al unísono.
En estos momentos, paseo por el lujoso barrio Salamanca. Me paro delante de un bloque de edificios, antiguo pero restaurado. El portero no deja de observarme hasta que me alejo.
Ha caído la noche. Vuelvo a vislumbrar la morada, esta vez desde mi perfecto mirador de la casa de enfrente, cuyo dueño ha salido precipitadamente a un viaje de trabajo. La salita está cálidamente iluminada con una lámpara de pie, y en la pared cuelga una magnífica reproducción de Cosiendo la vela de Sorolla. El hermano mayor, con expresión circunspecta, se apoya en el borde del piano, siempre soñado de niño y recompensado después, mientras que los dos pequeños beben sendos vasos de lo que podría ser un buen whisky. No dejo de observarles mientras coloco el trípode y cargo el Kalashnikov que alquilé por un buen precio hace un par de horas. Ahora se ha sentado frente las partituras y todos guardan silencio. El sonido de la carga me enciende la adrenalina pero permanezco calmado. El puntero láser, con el mítico color rojo, mancha el alféizar de la ventana. Siento como el sudor, frío y desagradablemente pegajoso, comienza a recorrer mis manos, mi frente, el cuello… Miro a través de la mirilla y, con pulso de cirujano, empiezo a mover el puntero por la pared de color beige tan posh, repasando las líneas blancas de la vela, rozando el vértice del instrumento, hasta llegar a la prematura calvicie de su cabeza.
De repente, algo va mal. Oigo un ruido a mi espalda, lo ignoro, porque ya estoy muy cerca, tan cerca que puedo escuchar las notas tristes del teclado, el almizclado olor de la sangre y el caliente gatillo en mi dedo índice derecho… Sin embargo, la mirilla me devuelve una macabra sonrisa, unos ojos pidiendo perdón, su frente mirando directamente a mi cara, con aquel maldito punto rojo en el medio. El ruido se acerca, está encima de mí, no me lo puedo quitar, se me echa encima. Las voces se mezclan, alguien me agarra por detrás, siento en las manos la presión helada del metal y sólo veo como el arma cae al vacío, a aquella acera tan elegante, tan limpia. En la ventana, los tres hombres me miran, se abrazan y me miran, algo tira de mí…
Un ordenador reproduce ese cuento clásico, en el que al final los buenos siempre ganan “¿Quién teme a lobo feroz?”.
Parece que esta versión se une a la nueva moda de actualizar los clásicos y traerlos al presente. Como es el caso de Holmes o el Quijote que prepara Terry Gilliam.
ResponderEliminarPero todo se queda en un parece. Porque esto es un punto de vista nuevo de algo ya conocido y recocinado hasta la saciedad.
Se agradece la frescura narrativa, pero echamos en falta algún componente motivacional que rellene algún que otro vacío.
Lo mejor: El final, que consigue mantener la tensión, cosa que no es facil en un relato de este tamaño.
Lo peor: Faltan motivaciones.