Ojalá pudiera llorar. Cuando éramos pequeños, mi hermano nunca quería jugar. Si le rogábamos, nos ignoraba y si le provocábamos, se chivaba a mamá. Él era su favorito, el benjamín de la casa, el inteligente y adorable Pedro. Sólo con ese nombre ya estaba condenado a ser un muermo.
La verdad es que todos tuvimos una adolescencia muy dura, pero supongo que lo es la de todo el mundo. Sin embargo, superándose cada día a sí mismo, se distanció de nosotros al acabar bachillerato, se fue a la universidad, a otro lugar, a otra vida.
Nosotros, mi hermano mayor y yo, nunca nos separamos. Juntos aprendimos que hay mucho más mundo en lo que no se debe hacer, y nunca hicimos nada que debiéramos. Aún así, él consiguió terminar la E.S.O. y hacer una F.P., con lo que siempre tuvo la vida más o menos solucionada.
Hablar de mí, es como no hablar de nada. Siempre pensé en aquella frase, “Dentro de cincuenta años, cuando repases tu vida, no querrás decir que no te atreviste”. Ahora me doy cuenta, de que a lo que no me atreví, fue a decir que no.
Recuerdo el funeral de mi hermano. Apenas acudió gente, un par de amigos de toda la vida y Pedro. Quiso donar su cuerpo a la ciencia, pero estaba tan absolutamente destrozado, que hubo que incinerarlo. A veces pienso en dónde estarán sus cenizas, si habrían llegado al mar, si en alguna parte del planeta alguien estará caminando sobre la lluvia, entre pedazos de mi hermanito.
Pedro tiene un ataúd precioso, la verdad, aunque casi no lo puedo ver. Montones de personas se arremolinan a su alrededor, y reconozco más de una cara del barrio. Algunos fotógrafos esperan a la salida del tanatorio y, también, varias coronas de flores.
Mi muerte fue, sin duda, la más original. De hecho, salí en los periódicos. Pero eso no sirvió de mucho, puesto que a pesar de morir en mi ciudad de siempre, de enterrarme junto con el resto de mi familia, no vino ni el cura.
Supongo que cada uno tuvo la muerte que se ganó en vida, será la partida final, el remate de algo grande, como Pedro, o de una miserable garrapata como yo.
De verdad, ojalá pudiera llorar.
Aumenta la personalidad de los personajes. Indentificables.
ResponderEliminarLa prosa mejora y es más limpia. Pero puede dar más de si.
Lo mejor: El final. Todos muertos.
Lo peor: Se nota que está comprimido.