Duele. Duele en las falanges de los dedos, en los dispares huesos desde la rótula al estribo, duele en el esternón, pero también en las orejas, en las pestañas y en las uñas. Todo duele. Duele Kant, los procesos estocásticos, La Fundación, la Guerra Civil, la semántica y la programación lineal. Duelen las camas, las sillas, las pizarras; el olor de la comida, las colonias. No hay mayor sufrimiento que el amarillo, el negro, el blanco y el rojo. El dolor es algo subjetivo, no puedes buscar el origen y buscar una solución. El ácido satilsalicílico, el ibuprofeno, la pasiflora, nada sirve para quitarte el dolor de encima, está en tu consciente y en tu subconsciente. El sueño no es reparador, la comida no sabe a nada y tus amigos te parecen ridículos y más aún los que supone que más te conocen. Todo pierde el sentido, no entiendes para que sirve madrugar, aprobar filosofía y atender a matemáticas. Para qué demonios vas a comerte los guisantes y conectarte al Facebook, para seguir torturándote a ti misma.
Me has roto. Me has partido en dos, en cuatro, en un millón. Y no puedo hacer nada, en tal caso intentar recoger todos los pedacitos e intentar que no se pierdan. Pero no tengo intención alguna de recomponerlo yo sola, no tengo valor ni ganas. Has tenido la delicadeza de abandonarme entre besos, caricias y lágrimas, dejarme con dudas y de no explicarme el porqué con tus propias palabras. No sé si no fuiste capaz porque eres un cobarde o no lo hiciste porque es más fácil que yo utilice mi cabecita para imaginarme la realidad que más dulce me parezca y así no te sientes culpable por haber jugado conmigo.
No te odio, ni siquiera puedo pensar que me equivoqué, que di con un hombre que no me merecía, que me has hecho un favor. No, porque es mentira, no me arrepiento de nada de lo que he hecho contigo, no creo que me hayas hecho daño a propósito. Y eso me impide hallar consuelo en mi odio. He sido completamente feliz durante este tiempo, no tengo ni una sola queja, todos los defectos que podía haber encontrado han sido borrados para solo quedarme con lo bueno, con el pensamiento de que lo tenía TODO. Y ya no lo tengo, pero no lo he perdido, se ha ido solo.
En realidad sé que nunca me quisiste como yo a ti, lo supimos los dos pero yo no me di cuenta de cuán grande era esa diferencia hasta ayer, hasta que me monté en el coche y de repente ya supe lo que iba a ocurrir. Y encima está esa maldita ironía, Argüelles, el puerto, el parque; es tan injusto.
Te quiero, pero pronto dejaré de hacerlo.
Esta es la última vez que te escribo.
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