domingo, 18 de septiembre de 2011

Los tres cerditos 2.0


Ojalá pudiera llorar. Cuando éramos pequeños, mi hermano nunca quería jugar. Si le rogábamos, nos ignoraba y si le provocábamos, se chivaba a mamá. Él era su favorito, el benjamín de la casa, el inteligente y adorable Pedro. Sólo con ese nombre ya estaba condenado a ser un muermo.

La verdad es que todos tuvimos una adolescencia muy dura, pero supongo que lo es la de todo el mundo. Sin embargo, superándose cada día a sí mismo, se distanció de nosotros al acabar bachillerato, se fue a la universidad, a otro lugar, a otra vida.

Nosotros, mi hermano mayor y yo, nunca nos separamos. Juntos aprendimos que hay mucho más mundo en lo que no se debe hacer, y nunca hicimos nada que debiéramos. Aún así, él consiguió terminar la E.S.O. y hacer una F.P., con lo que siempre tuvo la vida más o menos solucionada.

Hablar de mí, es como no hablar de nada. Siempre pensé en aquella frase, “Dentro de cincuenta años, cuando repases tu vida, no querrás decir que no te atreviste”. Ahora me doy cuenta, de que a lo que no me atreví, fue a decir que no.

Recuerdo el funeral de mi hermano. Apenas acudió gente, un par de amigos de toda la vida y Pedro. Quiso donar su cuerpo a la ciencia, pero estaba tan absolutamente destrozado, que hubo que incinerarlo. A veces pienso en dónde estarán sus cenizas, si habrían llegado al mar, si en alguna parte del planeta alguien estará caminando sobre la lluvia, entre pedazos de mi hermanito.

Pedro tiene un ataúd precioso, la verdad, aunque casi no lo puedo ver. Montones de personas se arremolinan a su alrededor, y reconozco más de una cara del barrio. Algunos fotógrafos esperan a la salida del tanatorio y, también, varias coronas de flores.

Mi muerte fue, sin duda, la más original. De hecho, salí en los periódicos. Pero eso no sirvió de mucho, puesto que a pesar de morir en mi ciudad de siempre, de enterrarme junto con el resto de mi familia, no vino ni el cura.

Supongo que cada uno tuvo la muerte que se ganó en vida, será la partida final, el remate de algo grande, como Pedro, o de una miserable garrapata como yo.

De verdad, ojalá pudiera llorar.

martes, 13 de septiembre de 2011

Los tres cerditos.

Encontré al pequeño en el río. El humo era iluminado por la luz de las farolas que entraba intermitentemente por los extremos del puente. Las botellas vacías, tiradas a su alrededor, emitían destellos amarillos y verdes. Él estaba sentado, con la espalda apoyada en la pared y los vidriosos ojos entrecerrados, observando con mirada ausente la pared de la margen contraria. Una brisa helada revolvió su pelo sucio y enredado y miró hacia mi escondrijo.

El segundo de los hermanos siempre prefirió el ambiente bohemio y decadente de las buhardillas. Estaban los dos tirados en una alfombra árabe, roja y peluda, como casi todo en aquella habitación. El rostro del menor lucía ahora una espantosa y llamativa herida que lo recorría desde la ceja izquierda hasta la comisura del labio. Desde mi azotea, miré la hora en mi reloj, moderno y con agujas fluorescentes. 3… 2… 1… El estallido resonó en toda la manzana y las palomas del parque echaron a volar al unísono.

En estos momentos, paseo por el lujoso barrio Salamanca. Me paro delante de un bloque de edificios, antiguo pero restaurado. El portero no deja de observarme hasta que me alejo.

Ha caído la noche. Vuelvo a vislumbrar la morada, esta vez desde mi perfecto mirador de la casa de enfrente, cuyo dueño ha salido precipitadamente a un viaje de trabajo. La salita está cálidamente iluminada con una lámpara de pie, y en la pared cuelga una magnífica reproducción de Cosiendo la vela de Sorolla. El hermano mayor, con expresión circunspecta, se apoya en el borde del piano, siempre soñado de niño y recompensado después, mientras que los dos pequeños beben sendos vasos de lo que podría ser un buen whisky. No dejo de observarles mientras coloco el trípode y cargo el Kalashnikov que alquilé por un buen precio hace un par de horas. Ahora se ha sentado frente las partituras y todos guardan silencio. El sonido de la carga me enciende la adrenalina pero permanezco calmado. El puntero láser, con el mítico color rojo, mancha el alféizar de la ventana. Siento como el sudor, frío y desagradablemente pegajoso, comienza a recorrer mis manos, mi frente, el cuello… Miro a través de la mirilla y, con pulso de cirujano, empiezo a mover el puntero por la pared de color beige tan posh, repasando las líneas blancas de la vela, rozando el vértice del instrumento, hasta llegar a la prematura calvicie de su cabeza.

De repente, algo va mal. Oigo un ruido a mi espalda, lo ignoro, porque ya estoy muy cerca, tan cerca que puedo escuchar las notas tristes del teclado, el almizclado olor de la sangre y el caliente gatillo en mi dedo índice derecho… Sin embargo, la mirilla me devuelve una macabra sonrisa, unos ojos pidiendo perdón, su frente mirando directamente a mi cara, con aquel maldito punto rojo en el medio. El ruido se acerca, está encima de mí, no me lo puedo quitar, se me echa encima. Las voces se mezclan, alguien me agarra por detrás, siento en las manos la presión helada del metal y sólo veo como el arma cae al vacío, a aquella acera tan elegante, tan limpia. En la ventana, los tres hombres me miran, se abrazan y me miran, algo tira de mí…

Un ordenador reproduce ese cuento clásico, en el que al final los buenos siempre ganan “¿Quién teme a lobo feroz?”.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Etiqueta: Sombreros.

Él mete mi teclado en su ataúd a son del Hallelujah, una tira cómica en su cara mientras yo me impaciento y lo cierro con cuidado. Después, se apoya en su lateral y me besa en la boca.
"Hallelujah, hallelujah..."
Nos trae a la Tierra el redoble de las campanas de la iglesia, marcando el final de la canción y, tras una mirada de sorna, estallamos en carcajadas.

Momentos como este ¿cuántos? Miles. Pero, ¿quién no? Todos. Sin embargo, te hacen sentir especial, como que tienes "química" con esa persona y el Karma se encarga de uniros.


No paro de pensar en la carta. ¿Qué pondrá en ella que no pueda leer ahora? Temo cosas terribles, una despedida, una confesión, un beso mojado de lágrimas. Porque estoy segura de que vas a conseguir sorprenderme, porque cuando te lo pido, lo haces. Aunque esta vez no te lo haya pedido.




Érase una vez, un sombrero, uno cualquiera. Para fabricarlo, se utilizó algodón de la India y 3 o 4 esclavos chinos, aparte del nylon americano para la cinta. Además se emplearon 4 maquinas de prensado y cosido para realizarlo. Después, en un gran buque, lo llevaron junto a miles de sombreros como él, atravesando el Océano Índico, pasado Cabo Esperanza, recorrido la costa atlántica de África, para desembarcar en el transitado y lúgubre puerto de la ciudad gallega de Vigo. Allí, los trasladaron en enormes tráilers a través de la Meseta Norte hasta la capital de España, Madrid. Después de un tiempo en un almacén logístico de Azkar, lo llevaron a una céntrica calle de la ciudad, y lo pusieron en la blanca cabeza de un afeminado maniquí masculino, en escaparate, sobre el cual rezaba el cartel Zara.
Encima de aquella vacía y fría cabeza, no fue muy feliz el sombrero. Lo tuvieron allí delante, toda la temporada de otoño, cambiando a sus compañeros las bufandas y las chaquetas (con las demás prendas no se llevaba bien, eran algo tiquismiquis). Hasta que se terminó aquella moda y el pobre sombrero fue relegado al fondo de la tienda, a uno de esos cajones que hay mezclado un poco de todo.
Sin embargo, un día una inesperada e ilegal acción le salvó de una vida condenada al fondo de un cajón o, aún peor, a la cabeza de algún estúpido que compre sombreros en Zara porque se pusieron de moda. Una lluviosa tarde de Abril, un rapaz flaco de 12 o 13 años entró con un anciano en la sección de caballeros. Revolotearon alrrededor de las prendas y, mientras el chiquillo era pillado en la salida con una corbata rosada al cuello, el abuelo se escabulló con su tesoro en la ruinosa gabardina. Doblando la esquina, esperó al fresco mientras le quitaba la etiqueta al sombrero.
Tras tan asombrosa subida de adrenalina, nuestro protagonista fue llevado a un almacén familiar, donde decepcionadamente se vio olvidado una vez más. Pero, tal fue su suerte, que meses después, en la calorina del mes de Julio, lo posaron cada domingo en la esquina de un puesto del Rastro. Contento de su nuevo lugar, se divertía viendo a pasar gente, siendo probado por las más estrafalarias y normales personas, hasta que él llegó. Su dueño.
- ¡Hey! ¡Mira! ¡Sombreros! Tiene que estar ahí, El Sombrero.
- ¡Sí! Veamos. ¿Que te parece éste?
- Ufff... Horrible. ¿Y éste de rayas?
- Hmm... Tiene rayas.
- Ya.
- No, no me gusta. ¿El negro ese, qué me dices?
- Que pareces un gangster. Ja, ja, ja.
- Bueeeeeno. Pues a ver que pegas le pones a ése de la esquina.
- Me gusta. Pruébatelo.
-...
-...
- Es definitivo.
- Lo es. Llévatelo.
Y ese fue el comienzo de su vida, la de verdad. Aventuras de todo tipo, peligros, sexo, drogas, accidentes, felicidad... Todo.


Y no venía solo ¿verdad? Cuida de tu sombrero, él te lo agradecerá y tú también.